sábado, 16 de octubre de 2010

Un poco de realismo mágico*


Una más fecha del fútbol argentino. Una fecha más que, seguramente, pasará sin pena ni gloria. Pero para romper el maleficio que esto significa, está la posibilidad de alternar con algunas ligas internacionales. Italia, no ofrece nada distinto; España, con pocas transmisiones es solo un canapé; y queda la Premier de Inglaterra, sin duda el mejor fútbol del mundo.
No sólo las individualidades hacen al show, también hay cuestiones circunstanciales que aportan y la liga inglesa se caracteriza, además de por un enorme catálogo de estrellas, por armar un espectáculo lo más artístico posible, y la televisión acompaña. Los relatores son bastante más entusiastas que los del “Fútbol para todos”: el Bambino Pons y sus cantos, los comentarios de Diego Latorre, una variada gama de voces que aportan siempre buenos datos y el sonido ambiente, te sitúan en un lugar, por lo menos, más agradable. No hay ningún movimiento pasional fuerte, que en Argentina se vio favorecida por el Gran DT, pero tampoco la hay en otros consumos masivos.
Un paso antes de los jugadores están las canchas -el verde césped no los estadios-, porque si hay algo diferente es el pasto: verde fuerte, parejo, tupido y húmedo. Esto por lo menos facilita la visión del espectáculo.
Por último, los intérpretes. No solo los jugadores, también los equipos, los técnicos y hasta los árbitros. El fútbol inglés combina en dosis similares presión, velocidad, vértigo, lujos, patadas, errores y sorpresas. Resultado final: fútbol en su máxima expresión. La idea de llevar la pelota de un lado al otro despacito, a los pases y por el piso, convive con pelotazos, centros y tiros de lejos. Siempre hay goles, siempre hay buenos partidos desde el arranque, y encima las transmisiones son en el mejor momento: el fin de semana desde la primera mañana hasta después del almuerzo tardío.
Argentina, el granero del mundo futbolístico en el último tiempo, tiene en su liga local enormes diferencias, demasiados temores y una comunión entre la calidad creativa individual y la colectiva inexistente. Igualmente hay un momento de cada partido donde se intenta una tenue imitación de los creadores del deporte: los últimos minutos de cada partido. Ahí pareciera que todos quieren jugar mejor, hacer todo lo que no hicieron en los primeros 80 minutos, y asegurarse un lugar en la presentación de la semana siguiente.
Pero a esa altura ya es demasiado tarde para no pensar en el cuidado el césped, lo aburrido del relator, lo molesto del sonido ambiente, y prestar atención a las cualidades deportivas que, finalmente, emergieron.


*Para "No sé que onda este chabón".

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