miércoles, 11 de julio de 2007

Movimientos



Por esas cosas de la vida me puse de novio, con una chica que vive a unos 35 minutos de colectivo de mi casa. Y si bien ya había visitado su domicilio en muchas ocasiones, ahora empezaría a hacerlo de manera frecuente, dos o más veces por semana, lo cual me significa por lo menos cuatro viajes de 35 minutos cada siete días. 

Algo tenía que hacer en ese tiempo, primero para no perderlo, segundo para no aburrirme y tercero para que se me pase más rápido y no ir todo el viaje pensando en: tengo hambre, me meo, etc, etc. Ante esta situación empecé a darle una utilidad mayor a mi reproductor de MP3. Escuchando música u ocasionalmente la radio el tiempo fluía de manera veloz. Pero (siempre tiene que haber un “pero”) este noble aparato sufrió un desperfecto, más exactamente se me rompieron los auriculares, y me vi jodido, realmente jodido. ¿Qué iba a hacer durante mis viajes a la casa de mi novia ahora? Y casi sin pensarlo la solución me llegó de la manera más casual.

“Tiburones: mañana tenés que ir a Retiro a buscar un encomienda de mamá. Silvio” Eso decía la nota que encontré sobre la mesa de mi casa un día cualquiera, pero ya sin la posibilidad de ir hasta la Terminal de ómnibus escuchando música porque mi MP3 no tenía auriculares. Entonces, siendo las 10 de la mañana del día en que debía ir a buscar el amor empaquetado en milanesas y demás cosas que mi mamá me envía mensualmente, encontré algo que se convirtió en la razón de esta entrada. "Relato de un naufrago" de Gabriel García Márquez, esa era la solución a mi problema. Así que fuí hasta Retiro y llevé el libro, lo empecé y en las primeras páginas me pareció una historia interesante, simple y muy buena compañera de viajes, pero todavía faltaba lo mejor.

En uno de los tantos viajes que hice a lo de mi novia terminé el libro, me habrá durado unas 3 semanas de viajes, ya que sólo lo leía sobre los colectivos de la ciudad de Buenos Aires. Y fue en el momento en que cerré para siempre la obra de García Márquez que me di cuenta de algo, HABÍA VIVIDO UNA EXPERIENCIA TRIDIMENSIONAL O ALGO ASÍ.

El relato de la historia transcurre en un 90% en una balsa en el medio del océano, y yo leía el libro sentado en un colectivo urbano, lo cual da que tanto el protagonista de la historia como yo (el lector, en esa relación) estábamos todo el tiempo en movimiento. Un movimiento fluctuante, que te bambolea y que vos sin darte cuenta aceptas o por lo menos no te oponés. De a momentos sentía lo mismo que el pobre náufrago sentía en su historia, el hecho de no poder estar quieto, de querer pisar tierra firme, de sufrir mareos. Él por el constante movimiento del mar, yo por el constante movimiento de las líneas del libro impulsadas por el movimiento del colectivo (132 porque con la línea 101 estoy peleado, pero en otro momento les cuento). Era como estar en un simulador, pero en este caso, el simulador era yo y mi lectura. 

Al llegar al final libro me quedó una sensación especial, la de haber disfrutado mucho de una experiencia maravillosa con un libro. Y no sé a quien agradecerle, si a mi novia por vivir lejos, a Gabo (García Márquez, para los que no sepan) por escribir la historia, al náufrago por contársela, a mi hermano por enviarme a Retiro y prestarme el libro, a mi mamá por mandar una encomienda, o simplemente estar agradecido de ser bruto y torpe, y haber tirado con violencia del cable de los auriculares del MP3 hasta romper uno para luego creerme Mc Giver e intentar arreglarlo y finalmente romper los dos.

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