Entre lectura y lectura, entre tele y aburrimiento, me dispuse a escribir algo digno (o no sé) para este blog. La siguiente historia fue vivida por mí en carne propia, cuando regresaba a la ciudad de Buenos Aires, luego de mis vacaciones.
Es normal que cuando uno se sube a un micro, espera que el asiento de al lado esté vacío o en caso de estar ocupado, lo haga un linda y simpática (no de esas que hablan por celular con el novio y luego se duermen) dama.
En este caso, viajé sin compañía los primeros 10 kilómetros, donde una mujer ocupó el asiento número 21, lindero con el 20 que ocupaba yo. Describamos a la señora: unos 50 años de edad, pelo entre negro y gris, anteojos y cara de "te voy a hablar en cuanto pueda porque sino me aburro". Yo, ante esta situación, decidí colocarme el discman (sí, no tengo MP3) instantáneamente observé esa cara, y para completar mi indeferencia saqué un libro y me predispuse a leer, todo esto para evitar charlas aburridas.
Los otros asientos que mis ojos podían observar estaban ocupados por una adolescente muy linda y juvenil, ubicada en la otra fila (de un solo asiento) en diagonal a mí, y detrás de ella una señorita, que con algunos vasos de cualquier bebida alcohólica hubiera sido una verdadera reina. Hasta acá mi atención se fijaba en la bellísima, pero indiferente, adolescente.
Pasaron las canciones, las hojas de un libro de cuentos de Truman Capote, y por fin el auxiliar se digno a darnos de cenar. Sirvió muy atentamente a la muchachita ya descripta, luego a la señora y por último a mí. Pero acá es cuando yo noté un compartimiento raro, al momento de ofrecernos gaseosa, la señora sentada a mi derecha expresó “un poquito, muy poquito”, y el auxiliar apenas vertió líquido en el vaso. Yo, aburridísimo y en busca de aventuras (no, no le hablé, no lo hubiera hecho nunca) observé la cara de la señora, y encontré en ella una expresión de “si tomo mucha gaseosa me da gases”. Todo esto fue producto de mi imaginación maligna. Pero no estaba sólo, la adolescente también miraba la situación, y bastó un paneo hacia mi mirada para darme cuenta de que no sólo yo soy un maldito hijo de puta. Si ustedes pudieran observar esa cara de “me da gases”, hubieran pagado lo mismo o más yo con tal de conseguir un reverendo pedo de esa pobre e indefensa mujer. Luego el auxiliar me sirvió gaseosa, y la señora me miró un poco pudorosa, pero lo mejor ya había ocurrido.
Cuando finalizó la cena, seguía tentado de risa y expectante de oír un pedo. Pero finalmente me apiade de la victima, y recordé que era sólo un idea mía, basada en mí imaginación. Y fue acá cuando peor se puso la cosa, ya que me sentía en la obligación de contarle a la señora que NO TENGO OLFATO, que tome gaseosa y que se cague en paz.
Es normal que cuando uno se sube a un micro, espera que el asiento de al lado esté vacío o en caso de estar ocupado, lo haga un linda y simpática (no de esas que hablan por celular con el novio y luego se duermen) dama.
En este caso, viajé sin compañía los primeros 10 kilómetros, donde una mujer ocupó el asiento número 21, lindero con el 20 que ocupaba yo. Describamos a la señora: unos 50 años de edad, pelo entre negro y gris, anteojos y cara de "te voy a hablar en cuanto pueda porque sino me aburro". Yo, ante esta situación, decidí colocarme el discman (sí, no tengo MP3) instantáneamente observé esa cara, y para completar mi indeferencia saqué un libro y me predispuse a leer, todo esto para evitar charlas aburridas.
Los otros asientos que mis ojos podían observar estaban ocupados por una adolescente muy linda y juvenil, ubicada en la otra fila (de un solo asiento) en diagonal a mí, y detrás de ella una señorita, que con algunos vasos de cualquier bebida alcohólica hubiera sido una verdadera reina. Hasta acá mi atención se fijaba en la bellísima, pero indiferente, adolescente.
Pasaron las canciones, las hojas de un libro de cuentos de Truman Capote, y por fin el auxiliar se digno a darnos de cenar. Sirvió muy atentamente a la muchachita ya descripta, luego a la señora y por último a mí. Pero acá es cuando yo noté un compartimiento raro, al momento de ofrecernos gaseosa, la señora sentada a mi derecha expresó “un poquito, muy poquito”, y el auxiliar apenas vertió líquido en el vaso. Yo, aburridísimo y en busca de aventuras (no, no le hablé, no lo hubiera hecho nunca) observé la cara de la señora, y encontré en ella una expresión de “si tomo mucha gaseosa me da gases”. Todo esto fue producto de mi imaginación maligna. Pero no estaba sólo, la adolescente también miraba la situación, y bastó un paneo hacia mi mirada para darme cuenta de que no sólo yo soy un maldito hijo de puta. Si ustedes pudieran observar esa cara de “me da gases”, hubieran pagado lo mismo o más yo con tal de conseguir un reverendo pedo de esa pobre e indefensa mujer. Luego el auxiliar me sirvió gaseosa, y la señora me miró un poco pudorosa, pero lo mejor ya había ocurrido.
Cuando finalizó la cena, seguía tentado de risa y expectante de oír un pedo. Pero finalmente me apiade de la victima, y recordé que era sólo un idea mía, basada en mí imaginación. Y fue acá cuando peor se puso la cosa, ya que me sentía en la obligación de contarle a la señora que NO TENGO OLFATO, que tome gaseosa y que se cague en paz.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario