Siempre las despedidas son raras. Pero la del comienzo de la tercera parte de mi viaje, que vendría a ser la tercera despedida de algo, fue cómo debía ser: amena, adulta y molesta con mis padres y cordial con el resto salvo con una persona en plena etapa de descubrimiento del mundo. En ese caso particular, el último saludo fue comercial, siguiendo la tónica de nuestra relación. Él quiere que juguemos, y sólo me busca para eso, y a mí me gustan los nenes. Una ecuación sin fallas. Una despedida sin sorpresas, ni besos, ni abrazos, él con su mano llena de comida, como la boca y el resto de la cara, respondió a mi "chau amigo".
Dije antes "la tercera parte de mi viaje", que vendría a ser el eslabón perdido de mis vacaciones, no por su estatus revelador sino porque aquí es donde la mesura y demás cuestiones ligadas a la familia le dejan espacio a todo lo relacionado a la amistad y los negocios. En esta habrá anécdotas que nunca morirán, sino que irán en constante crecimiento. También será tiempo de que la empresa empiece a tirar humo por sus chimeneas (no me creía capaz de una metáfora tal). Atrás ya quedaron: boquita campeón, mi chica llorando, mi animal favorito en navidad, Holanda los bailó a todos, la seriedad de mi perro, las olas y el viento –patagónico-, y la vida familiar. Con una barba rala, el cuerpo al rojo vivo y Ray Lamontagne, vamos rumbo al bosque.
Ese error ajeno fue, realmente, lo que más cerca estuve. En la ficción las chances fueron otras: un par de nupcias y algo un poco más salvaje. Las famosas estaban, sólo faltaron las conocidas.